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El futuro empieza a parecerse al pasado

Xabier R. Blanco | Escritor y periodista, hoy en La Región

Xabier R. Blanco | 19 de mayo de 2016

El hombre que se sienta en la mesa de al lado pasa las páginas del periódico sin demasiado interés. Está bien vestido, pero su cara refleja los costurones de una vida puñetera. Unas señoras cuchichean porque le ha pedido al camarero una copa de aguardiente a unas horas en las que el cuerpo aconseja pedir un café para espantar la somnolencia. Él nada dice, aunque es consciente de que se encuentra en la diana del reproche. Tras el lingotazo, reclama otra vez la atención del camarero para que en esta ocasión le sirva una cerveza pero no hay ninguna señal que permita deducir que está pimplado. Suena su teléfono móvil y emprende una conversación en un tono tan bajo como el de las mujeres que tiene a unos metros. Pero repentinamente, algo de lo que le dicen parece no gustarle y eleva la voz: "No sé por qué se enfadó. Yo me lo encontré en el pasillo con un chuta en el brazo e intenté despertarlo porque estaba recogiendo las cosas para entrar en el talego". Después, cuelga y continúa a lo suyo, con la mirada en las páginas del periódico pero la mente en otra parte.

El hombre que se sienta en la mesa de al lado pasa las páginas del periódico sin demasiado interés. Está bien vestido, pero su cara refleja los costurones de una vida puñetera. Unas señoras cuchichean porque le ha pedido al camarero una copa de aguardiente a unas horas en las que el cuerpo aconseja pedir un café para espantar la somnolencia. Él nada dice, aunque es consciente de que se encuentra en la diana del reproche. Tras el lingotazo, reclama otra vez la atención del camarero para que en esta ocasión le sirva una cerveza pero no hay ninguna señal que permita deducir que está pimplado. Suena su teléfono móvil y emprende una conversación en un tono tan bajo como el de las mujeres que tiene a unos metros. Pero repentinamente, algo de lo que le dicen parece no gustarle y eleva la voz: "No sé por qué se enfadó. Yo me lo encontré en el pasillo con un chuta en el brazo e intenté despertarlo porque estaba recogiendo las cosas para entrar en el talego". Después, cuelga y continúa a lo suyo, con la mirada en las páginas del periódico pero la mente en otra parte.

Escuchar una conversación de estas características te devuelve a los 80, con una generación perdida por el caballo, la crisis, el paro y pocas alternativas de futuro. La heroína ha regresado a los barrios de las ciudades gallegas. Da igual el sitio: Monte Alto, Wichita, Teis... Está atrapando a unos rapaces que no han vivido aquellos tiempos de zozobra y desconocimiento sobre las consecuencias de una droga letal y más barata que otras sustancias como la cocaína. Ni siquiera hace falta acudir a las estadísticas. Basta con un paseo y poner la oreja para percibir un problema con el que nunca se puede bajar la guardia.

En los institutos, en donde ahora conviven niños con preuniversitarios tras una reforma educativa sin ningún sentido, cualquier profesor es consciente de que el canuto empieza a rular cada vez a edad más temprana. También lo saben los agentes de paisano que intentan evitar el trapicheo a las puertas de los centros escolares. En los años 80, de una clase de 40 alumnos que cursaban sexto de EGB, cuatro compañeros de este chófer de anécdotas no llegaron a la mayoría de edad. El futuro para las nuevas generaciones empieza a parecerse peligrosamente al pasado-

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