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Pedro Sánchez se hace un traje

Joaquín Vidal | Director de Estrella Digital

Joaquín Vidal | 01 de junio de 2016

Pedro Sánchez se ha hecho un traje a sí mismo. Es azul, con solapas estrechas según usos de la moda de hoy, con corbatita estrecha roja, que contrasta con su amplio y gallardo pecho. Se ha hecho un traje y no se lo ha quitado en tres días, de eso hablaremos luego.

Pedro Sánchez se ha hecho un traje a sí mismo. Es azul, con solapas estrechas según usos de la moda de hoy, con corbatita estrecha roja, que contrasta con su amplio y gallardo pecho. Se ha hecho un traje y no se lo ha quitado en tres días, de eso hablaremos luego. También se ha hecho otro traje a sí mismo, presentarse a una investidura en claro estado de debilidad, un traje que ningún sastre habría firmado ni con media docena de copas de anís en el coleto.

La jugada estratégica de acudir a la investidura con el mero apoyo de Ciudadanos se ha demostrado una estrategia dilatoria poco hábil, de la que ha resultado vapuleado “a izquierdas y derechas”, aforismo ideado por él mismo, con intenciones menos funestas. Fiar todo a que Podemos no soportaría la presión de no investirle a él –a él, ni más ni menos– demuestra cierta candidez. Podemos puede que esté recién llegado al Parlamento, pero de bisoño no tiene nada, sus colmillos están mucho más retorcidos que los del equipo de Sánchez.

Resulta extraño ver, en alguien tan atildado y preocupado por su aspecto como es Pedro Sánchez, que se presente tres días seguidos vestido con la misma ropa. Reparó en ello una admiradora que tiene en esta redacción y exclamó:

–¡Coño, el traje de la suerte!

Como exjugador de baloncesto de moderado nivel, Sánchez ha debido vivir en los vestuarios esos rituales que tienen que ver con el pensamiento mágico. Futbolistas que saltan a la pata coja al entrar en el campo para conseguir pisar con la bota derecha tres veces antes de que la zurda le arruine el partido; muñequeras con la bandera como las que llevaba Arantxa, que debían oler a gato muerto; los gayumbos de la victoria; calzarse primero la zapatilla izquierda… Lo siento, pero ir a la sesión de investidura con el traje de la suerte es una demostración más de debilidad. Sobre todo psicológica.

“Yo, como presidente del grupo parlamentario, no estoy para velar por la virtud de mis diputados, pero sí para garantizar su felicidad”, aseguró al Hemiciclo, ufano y pagado de su propio ego, Pablo Iglesias. Y ofreció su despacho para la presunta coyunda entre Andrea Levy y una señoría de Podemos, Miguel Vila. Hombre, para garantizar la felicidad de tus compañeros de escaño no creo que te haya votado nadie, ni los españoles te pagamos el despacho más que para trabajar. Esa felicidad sin duda pasa por lo que volvió a reclamar casi desgarradamente: sillones en un Gobierno. Aparte de las bromas sobre sus besos, hablar de sí mismo, de lo que ve en la tele y unas cuantas maldades y puyazos vertidos aquí y allá, Pablo Iglesias aprovechó su turno de cinco minutos para reclamar poder a gritos. Ni una palabra de planes sociales ni propuestas. Poder en forma de carteras, la primera la suya, de vicepresidente todopoderoso, al estilo Alfonso Guerra.

La irrupción de políticos de nuevo cuño ha producido un debate a tirones y lleno de discursos inspirados en las series políticas americanas. Pero, claro, estos políticos de nuevo cuño no tienen guionistas del nivel del Ala Oeste de la Casa Blanca o de la amada House of Cards. Por eso, entre desastres dialécticos como el del diputado Rufián, de ERC, que también habló de sí mismo y en un prodigio dialéctico, de sus abuelos de Jaén y Granada, sobresalen políticos con solera.

Entre ellos singularmente el inteligente –y sibilino a veces– Francesc Homs. El político convergente lo clavó al espetarle a Pedro Sánchez que tiene “mucha responsabilidad pero poca fuerza”.

Francesc Homs lo clavó al espetarle a Pedro Sánchez que tiene “mucha responsabilidad pero poca fuerza"

Allí le quedan a Pedro Sánchez con quienes ha de jugarse los cuartos, Pablo Iglesias, sus mareas, los dos diputados de Alberto Garzón y las discutibles abstenciones favorables de gente como Rufián y su nivel dialéctico.

El presidente en funciones, Mariano Rajoy, que le reprochó el tiempo que les hizo perder y “poner las instituciones al servicio de su supervivencia”, acusó a Sánchez de un síndrome llamado el adanismo. Consiste el mismo en creer que todo comenzó con el advenimiento del paciente al mundo. Es verdad que Sánchez ha entrado en territorios ignotos, nunca antes un candidato propuesto por el Rey había cosechado semejante fracaso. Supone uno que, por lo tanto, el traje de la suerte irá a parar a la hoguera. Menudo traje que se ha hecho Pedro Sánchez. Una pena.

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